La
escuela Moderna fue fundada por Francisco Ferrer Guardia en Barcelona, en la calle Bailén, en el número 56, en
1901. Ferrer, que no poseía conocimientos previos de la pedagogía ni
experiencia en la docencia, se exilió a París debido a su enlace con la
corriente insurreccional del republicanismo. Es allí donde comienza a enseñar
el español y conoce a la señorita Meunier, alumna suya, que tras su muerte lega
el dinero necesario para la creación de la escuela de Barcelona.
Características:
La enseñanza en
la escuela moderna potencia el libre pensamiento, pretendiendo que los niños y
niñas se instruyan justos y libres de todo prejuicio. Para ello se hace
hincapié en la coeducación de sexos y adquisición de verdaderos deberes sociales, de
conformidad con la justa máxima: No hay deberes sin derechos; no hay
derechos sin deberes.
La escuela
moderna pretende elevar el valor de la sociedad como colectivo, así pues, insiste en la
necesidad de la higiene personal y social, rechaza los exámenes y todo sistema
de premios y castigos, abre la escuela a las dinámicas de la vida social y laboral,
y organiza actividades de descubrimiento del medio natural.
Una de las
características principales es la libertad, una rotura verdaderamente
revolucionaria con los métodos tradicionales, considerada como vía fundamental
para acceder a la liberación del individuo de cualquier sometimiento.
Los alumnos
aprenden mediante juegos y ejercicios al aire libre, y uno de los ejes del
aprendizaje lo constituirán sus propias redacciones y comentarios de estas
vivencias.
Para
completar su obra, la Escuela Moderna ofrece
conferencias dominicales, entendidas como una extensión educativa para las
familias, contando con el apoyo y la intervención de personajes como Santiago
Ramón y Cajal.
Aunque la
escuela cerró muy pocos años después, es importante destacar dentro de su
legado, no solo como inspiración a otras escuelas (escuelas anarquistas, Escola
de Mestres Rosa Sensat de Barcelona, etc) sino uno de los aspectos
dentro de los criterios de evaluación. El criterio
de centrar el aprendizaje en el trabajo cotidiano, suprimiendo los exámenes
tradicionales y cualquier valoración basada en premios o castigos; también el
fundamento de uno de los principios inspiradores de los actuales métodos educativos:
la evaluación continua, que cuenta con el consenso de una buena parte de la
comunidad educativa.
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